Oscar Wilde - Simón el Cirineo




     Baja la cabeza y los lomos pacientes, el anciano continuaba sentado csobre
     el escabel, ensordecidos los oidos por la fútiles recriminaciones de su
     esposa.
     Sin tregua, la enfadada comadre gruñía una y otra vez los mismos reproches:

     - ¡Viejo idiota!, ¿por qué perdiste el tiempo en ir papando moscas por el
     camino? Tu padre y el padre de tu padre, y todos los que fueron antes de
     ellos, guardas fueron de la puerta del Templo. Si te hubieses dado más
     prisa cuando te mandaron a buscar, seguro que tu también habrías sido
     nombrado guarda de la puerta del Templo. Pero como tardabas, eligieron a
     otro más diligente que tú. ¡Ah, viejo estúpido!, ¿por qué te demoraste?
     ¿Qué necesidad tenias, realmente, de llevar la cruz de ese mozo
     carpintero, sedicioso y criminal?
     - Es cierto - reconoció el anciano -; me crucé en el camino con el mozo
     que iban a crucificar, y el centurión me requisó para llevarle la cruz. Y
     una vez que la subí hasta la cima del monte, me demoré, lo confieso, a
     causa de las palabras que profería aquel mozo. Derrengado de dolor iba;
     pero lo curioso es que no se dolía de sí mismo, y sus palabrs extrañas me
     hicieron olvidar todo el resto.
     - Bien dices que olvidaste todo el resto ; incluso el poco sentido común
     que tuviste nunca. Hasta el punto de llegar demasiado tarde para ser
     nombrado guarda de la puerta del Templo. ¿No te da vergüenza pensar que tu
     padre y el padre de tu padre, y todos los que fueron antes de ellos,
     fueron guardas de la puerta de la Mansión del señor, y que sus nombres se
     hallan grabados en letras de oro y perpetuados por los siglos de los
     siglos en la memoria de los hombres? En cambio tú, viejo mentecato, serás
     el único de tu linaje que caerá en el olvido, pues, ¿quién, una vez hayas
     muerto, oirá jamás hablar de Simón el Cirineo?